Santo Hermano Pedro

 

Santo Hermano Pedro de San José Betancurt

(1626-1667)

 

Pedro de San José de Bethancourt o Hermano Pedro nació en las Islas Canarias (España) el 21 de marzo del año 1626, pero vivió e hizo una importante labor en Guatemala llegando a ganar allí la fama de santidad.

En las Islas Canarias el Hermano Pedro vivió en Tenerife, concretamente en Chasna (Vilaflor), y se dedicó al pastoreo. Actualmente hay una cueva en las cercanías de esta localidad la cual es venerada ya que se cree que era donde Pedro resguardaba a su rebaño.

 

En realidad Bethancourt no era su apellido real, pero lo adoptó ya que descendía del famoso Bethancourt  que conquistó las Islas Canarias a principios del siglo XV. Se dice que la familia de Pedro tenía organizada una boda para él, pero éste ya había decidido irse como misionero a las Indias Occidentales. Así pues, el Hermano Pedro se embarcó hacia La Habana en su camino hacia las Indias Occidentales, con la edad de 23 años. Pedro permaneció cierto tiempo en La Habana (Cuba) dedicándose al oficio de tejedor, pero no pasó mucho tiempo para que zarpara en un navío hacia Trujillo (Honduras) junto a unos comerciantes que se dirigían a Guatemala. Cuando llegó a tierra se encontraba enfermo, y necesitó tiempo para recuperarse y coger fuerzas para llegar a pie hasta la capital del Reino, la actual Antigua de Guatemala.

 

Se dice que el Hermano Pedro llegó a la ciudad en febrero del año 1651, y se encontraba todavía enfermo por lo que fue internado en el Hospital de Santiago. Cuando se recuperó fue a vivir cerca de El Calvario donde continuó practicando sus conocimientos de tejedor para mantenerse y para ayudar a los enfermos en los hospitales, a los presos de las cárceles y dedicar tiempo a enseñar a leer a los niños. El Hermano Pedro era muy querido y eran muchos los niños que se acercaban a él para aprender a leer, creando una de las primeras instituciones de alfabetización en Guatemala. Se dice que les enseñaba a leer utilizando cánticos y formas muy alegres. Eran tantos los niños que participaban en estas clases que el Hermano Pedro tuvo que contratar a un maestro para que le ayudara en esta labor. Se cree que Pedro, para los niños de la escuela, hizo para la celebración de la Natividad el primer belén de Guatemala.

 

El Hermano Pedro realizaba numerosos actos benéficos además de participar en la construcción de la iglesia de El Calvario. En el año 1655 solicitó ingresar en la Orden de Frailes Menores en la Orden Tercera, y cuando fue admitido se encargó el cuidado del jardín de El Calvario, donde sembró un árbol de esquisúchil, el cual es aún venerado por los fieles después de tener más de tres siglos de vida. El principal interés del Hermano Pedro eran los enfermos. Este deseo hizo que creara un lugar donde éstos pudieran recuperarse. Así pues, el 24 de febrero del año 1658 fundó el Hospital de Belén para Convalecientes. Este hospital era una pequeña casa por la que pagó 40 pesos y se encuentra frente a la actual Plaza de la Paz.

 

Se dice que paseaba, tocando una campanilla, por la ciudad de Antigua buscando enfermos. Hoy en día se puede ver en la Plaza de la Paz una escultura realizada en 1986, la cual representa al Hermano Pedro en actitud de tocar la campanilla. En aquella época la ciudad estaba poblada por gente pobre siendo la mayoría de origen indígena. Además Pedro visitaba a los leprosos que vivían a las afueras de la ciudad, en la zona conocida como lazareto. En este lugar están el cementerio y la iglesia de San Lázaro en cuyo altar puede verse una imagen del Hermano Pedro. Este hospital fue creciendo en número de convalecientes y hubo que hacer una ampliación. Para ello el Hermano Pedro solicitó dinero al Presidente de la Audiencia, al gobernador del Reino y al obispo. Para la ampliación de este hospital fueron muchos ciudadanos los que contribuyeron con su ayuda, ya que veían la obra del Hermano con muy buenos ojos. Veían que el Hermano Pedro realizaba todo tipo de tareas como limpiar el templo, cambiar las flores, pedir limosna, y algo tan importante como visitar a los enfermos en los hospitales y a los presos en las cárceles llevándoles en muchas ocasiones cazuelas de atole. Se dice que Pedro tenía un don especial para hacer que los enfermos se recuperaran fácilmente de una dolencia. En el año 1661 el Hermano Pedro adquirió la propiedad vecina al hospital por 20 pesos, consiguiendo así la ampliación. Poco a poco su popularidad fue creciendo y fueron llegando más donaciones, en dinero y en alimentos, por parte numerosas personas.

 

En el año 1666 el Hermano Pedro solicitó al ayuntamiento un solar para poder seguir ampliando el hospital y así poder albergar a más gente. Al año siguiente, y a los 41 años de edad, el Hermano Pedro muere. A pesar de ello su obra continúa, y es tanto el cariño de la gente que en enero del año 1668 hay ciertos seguidores que hacen votos de obediencia y hospitalidad que toman un hábito propio. A finales de ese mismo año se inicia una recopilación de datos sobre toda la vida de Pedro, y desde entonces la fama de santidad le acompaña. De hecho la mayoría de las cosas que sabemos sobre el hermano es gracias a un libro escrito a los pocos meses de su muerte por el confesor de Pedro, Manuel Lobo, y por el cronista Francisco Vásquez que conoció al hermano y comenzó a recopilar información sobre su vida desde el año 1681. Se sabe que el Hermano Pedro vivía una vida muy estricta dentro de la disciplina eclesiástica. Pedro rezaba el rosario todas noches y se mortificaba con latigazos. En el museo del Hermano Pedro pueden verse utensilios utilizados para esos menesteres. Además practicaba ayunos rígidos y se dice que cuando era niño estaba acostumbrado a ver a su padre practicando dichos ayunos. El padre de Pedro era un hombre bastante religioso. Durante la semana santa formaba parte de los penitentes que llevaban la cruz en la procesión del Jueves Santo. Todas estas actitudes fueron admiradas por aquellos que le conocían.

 

El 22 de junio del año 1980, y después de muchos esfuerzos, el Hermano Pedro sería declarado beato. Esta beatificación fue muy aclamada tanto por el pueblo guatemalteco como por el pueblo canario, y la ceremonia celebrada en Roma y transmitida por televisión fue seguida por un gran número de personas. La canonización llegó también al fin, ya que se pudo certificar un milagro realizado por el Hermano Pedro. Este milagro ocurrió muchos años después de la muerte del beato. En el año 1985, un niño enfermo de cinco años fue curado por la intercesión de Pedro. Este niño ingresó en un hospital de Tenerife (Canarias) debido a una gastroenteritis y se le diagnosticó una masa anómala en el área cervical. Por ello, su familia junto con personas cercanas iniciaron una novena encomendando la salud del niño al Hermano Pedro.

 

El niño pidió que pusieran flores en la cueva donde guardaba sus ovejas el Hermano cuando era pastor en Tenerife. A partir de ese momento y después de los rezos el niño mejoró  hasta recuperarse completamente. La solicitud de la canonización del Hermano Pedro tendría lugar seguidamente, y sería santificado en el año 2002 por el Papa Juan Pablo II.

 

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

A TORONTO, CIUDAD DE GUATEMALA Y CIUDAD DE MÉXICO

 CANONIZACIÓN DEL BEATO HERMANO PEDRO DE SAN JOSÉ DE BETANCURT

 HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Ciudad de Guatemala, martes 30 de julio de 2002

 

1.       “Venid vosotros, benditos de mi Padre; …Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 34.40). ¿Cómo no pensar que estas palabras de Jesús, con las que se concluirá la historia de la humanidad, puedan aplicarse también al Hermano Pedro, que con tanta generosidad se dedicó al servicio de los más pobres y abandonados?

Al inscribir hoy en el catálogo de los Santos al Hermano Pedro de San José de Betancurt, lo hago convencido de la actualidad de su mensaje. El nuevo Santo, con el único equipaje de su fe y su confianza en Dios, surcó el Atlántico para atender a los pobres e indígenas de América: primero en Cuba, después en Honduras y, finalmente, en esta bendita tierra de Guatemala, su “tierra prometida”.

2.       Agradezco cordialmente las amables palabras que me ha dirigido Mons. Rodolfo Quezada, Arzobispo de Guatemala, presentándome a estas queridas comunidades eclesiales. Saludo a los Señores Cardenales, a los Obispos guatemaltecos, al Obispo de Tenerife y a los venidos de otras partes del Continente americano.

También saludo con gran estima a los sacerdotes y a los consagrados y consagradas. Un saludo especial y afectuoso también a los Hermanos de la Orden de Belén y a las Hermanas Bethlemitas, fruto de la inspiración de la Madre Encarnación Rosal, primera Beata guatemalteca y reformadora del Beaterio donde fraguó la fundación para recuperar los valores fundamentales de los seguidores del Hermano Pedro.

Agradezco particularmente la presencia en esta celebración de los Presidentes de las Repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, del Primer Ministro de Belice y demás Autoridades civiles. Aprecio también la participación en este acto de la Misión oficial que el Gobierno Español ha querido enviar para esta feliz ocasión.

Deseo asimismo expresar mi aprecio y cercanía a los numerosos indígenas. El Papa no os olvida y, admirando los valores de vuestras culturas, os alienta a superar con esperanza las situaciones, a veces difíciles, que atravesáis. ¡Construid con responsabilidad el futuro, trabajad por el armónico progreso de vuestros pueblos! Merecéis todo respeto y tenéis derecho a realizaros plenamente en la justicia, el desarrollo integral y la paz.

3.       “Que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender […] la profundidad del amor de Cristo” (Ef 3, 16-19). Estas palabras de san Pablo que hemos escuchado hoy, manifiestan cómo el encuentro interior con Cristo transforma al ser humano, llenándole de misericordia para con el prójimo.

El Hermano Pedro fue hombre de profunda oración, ya en su tierra natal, Tenerife, y después en todas las etapas de su vida, hasta llegar aquí, donde, especialmente en la ermita del Calvario, buscaba asiduamente la voluntad de Dios en cada momento.

Por eso es un ejemplo eximio para los cristianos de hoy, a quienes recuerda que, para ser santo, “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración” (Novo millennio ineunte, 32). Por tanto, renuevo mi exhortación a todas las comunidades cristianas, de Guatemala y de otros países, a ser auténticas escuelas de oración, donde orar sea parte central de toda actividad. Una intensa vida de piedad produce siempre frutos abundantes.

El Hermano Pedro forjó así su espiritualidad, particularmente en la contemplación de los misterios de Belén y de la Cruz. Si en el nacimiento e infancia de Jesús ahondó en el acontecimiento fundamental de la Encarnación del Verbo, que le lleva a descubrir casi con naturalidad el rostro de Dios en el hombre, en la meditación sobre la Cruz encontró la fuerza para practicar heroicamente la misericordia con los más pequeños y necesitados.

4.       Hoy somos testigos de la profunda verdad de las palabras del Salmo que antes hemos recitado: el justo “no temerá. Distribuyó, dio a los pobres; su justicia permanece por los siglos de los siglos” (111, 8-9). La justicia que perdura es la que se practica con humildad, compartiendo cordialmente la suerte de los hermanos, sembrando por doquier el espíritu de perdón y misericordia.

Pedro de Betancurt se distinguió precisamente por practicar la misericordia con espíritu humilde y vida austera. Sentía en su corazón de servidor la amonestación del Apóstol Pablo: “Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3, 23). Por eso fue verdaderamente hermano de todo el que vive en el infortunio y se entregó con ternura e inmenso amor a su salvación. Así se pone de manifiesto en los acontecimientos de su vida, como su dedicación a los enfermos en el pequeño hospital de Nuestra Señora de Belén, cuna de la Orden Bethlemita.

El nuevo Santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad.

5. El Hermano Pedro “es una herencia que no se ha de perder y que se ha de transmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación” (Novo millennio ineunte, 7). Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables.

Quisiera concluir recordando cómo la devoción a la Santísima Virgen acompañó siempre la vida de piedad y misericordia del Hermano Pedro. Que Ella nos guíe también a nosotros para que, iluminados por los ejemplos del “hombre que fue caridad”, como se conoce a Pedro de Betancurt, podamos llegar hasta su hijo Jesús. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!

Al final, el Papa dirigió las siguientes palabras:

Antes de dejar este estupendo lugar, el lugar de la canonización del primer santo guatemalteco y tinerfeño, deseo deciros que me habéis conmovido una vez más. Gracias, muchas gracias, Guatemala. Con esta fe, esta cordialidad, estas calles tan maravillosamente decoradas. Gracias porque sé que detrás de cada flor hay un corazón. Sed fieles a Dios, a la Iglesia, a vuestra tradición católica, iluminados por el ejemplo del santo hermano Pedro. Guatemala siempre fiel, bajo la protección del Santo Cristo de Esquipulas. Guatemala, te llevo en mi corazón.

Guatemala, te llevo en mi corazón –   Canonización Hermano Pedro

Hoy en día las obras del Hermano Pedro continúan. El centro que inició, y con la ayuda de muchos voluntarios, acoge a aquellas personas más necesitadas de la ciudad, sobre todo a personas impedidas, discapacitados físicos y mentales. Además el centro provee asistencia médica quirúrgica, alimentos, hogar e incluso servicio de guardería para los hijos de madres trabajadoras. Son muchos los profesionales de diferentes países que se acercan al centro para ayudar desinteresadamente en lo que pueden.

El museo del Hermano Pedro y las Ruinas del Monasterio pueden visitarse de 9 de la mañana a 5 de la tarde, estando cerrados los lunes. En el museo pueden verse algunas pertenencias del Hermano Pedro, así como aquellos artefactos que usaba para su auto-flagelación. El pequeño conjunto de ruinas y la cripta del Hermano es un lugar muy concurrido por los turistas. En este lugar se han instalado jardines y fuentes y siempre se pueden ver devotos rezando en la tumba del santo.

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